
El sudor corroía lentamente el interior de la coraza, y escaldaba sus axilas y su entrepierna. Pero esto no era todo, las uniones metálicas capaces de detener una flecha enemiga lo pellizcaban en sus lugares más vulnerables. Si, esos mismos.
Pero después de todo él se lo había buscado. Todos en el banquete (hasta la princesa, que estaba fuerte como una catapulta) le habían dicho que era mala educación dejarse su armadura puesta en la mesa. Y que panzada se había dado.
No recordó las tres horas que había estado esa mañana colocando todas las piezas. La caza de dragones había aumentado, y con ellas los festines en su honor. Porque no había nadie mejor que el caballero negro, de eso no cabía duda. Tampoco cabía duda de que había aumentado de peso considerablemente. Y el banquete de la noche anterior había sido el colmo. Su armadura estaba completamente atascada.
Estuvo todo el día tratando de encontrar un herrero que tuviera las agallas para sacársela a golpes. Y cuando encontró uno lo suficientemente ebrio estuvo hasta tarde en la madrugada para terminar. Cuando su cuerpo se vio libre de la restricción se fue hinchando lentamente, como con miedo. El olor de Felipe era ahora diez veces mayor. Estaba machucado, sangraba por distintos puntos y caminaba cuidando no rozar las piernas, y la orina que había dejado escapar por la mañana estaba evidenciada por una mancha amarillenta en sus pantalones blancos de algodón. Ninguna doncella iba a aceptarlo en su lecho esa noche. Y si alguna lo hacía, mejor no hacerlo, porque implicaba que no tenía ningún tipo de respeto hacia nada.
Ese lunes el caballero negro empezó la dieta.